Julián Casella | Sobre Rieles

Momentos de una antropología ferroviaria
Rodrigo Alonso

En medio de las vías, pero próximos a la ciudad dormida, dos trabajadores ferroviarios dividen sus esfuerzos para manipular una herramienta. Ambos se hallan concentrados en la tarea. Sus miradas parecen seguir el movimiento de la palanca que aflojará la tuerca, que a su vez liberará al viejo durmiente de madera, quizás de quebracho. Si no fuera por las bandas reflejantes de sus pantalones y chaquetas, sería prácticamente imposible deducir el momento al cual pertenece esta fotografía (El encuentro, 2015). La reducción cromática a las escalas de grises hace más difícil la misión. Porque, aun cuando la vestimenta nos indique que se trata de una toma reciente, la faena pareciera ubicarnos en otro tiempo, en un instante pretecnológico ¿Cuánto nos dice esta imagen sobre el pasado y el presente, sobre la vida ferroviaria actual, su historia y su porvenir?

Casi todas las fotografías de Julián Casella nos ubican en ese lugar incierto, tenso, y por momentos contradictorio. Decidido a retratar el trabajo ferroviario siendo él mismo empleado del sector, su mirada no oculta las zozobras de una profesión que se debate entre el renacimiento y el olvido. Su proyecto documental busca poner de manifiesto la nobleza de una actividad resiliente, que se sabe condenada por la historia y el destino de un país. No obstante, esto no lo desanima. Quizás por su juventud, o porque anhela un destino otro, ha asumido el desafío de colocar su cámara al servicio de una inquietud que lo interpela políticamente, pero que también, lo seduce y fascina.

Sus imágenes recuerdan ese hechizo por el mundo del trabajo que impregna la obra de Lewis Hine. El protagonismo que adquieren los obreros, su estampa monumental y su lugar siempre central en la organización de la composición, no deja dudas sobre las intenciones laudatorias del fotógrafo. Como Hine, Casella entiende que el progreso de un país no se cifra en edificios ni en nomencladores financieros, sino en la fuerza de la gente que lo construye día a día. Pero si el primero desarrolló esta visión en plena modernidad, en medio de una industria pujante y poderosa, Casella la aborda tras la finalización de dicho proceso, en un mundo posindustrial y transnacional, con otros códigos y valores. De ahí que sus imágenes posean una temperatura diferente. Si la epopeya de Lewis Hine está poblada por héroes, por figuras capaces de superar cualquier peligro (como se puede ver en las fotografías de los trabajadores que construyeron el Empire State Building), las de Julián Casella parecerían estar compuestas por antihéroes, o en todo caso, por seres humanos de carne y hueso que cumplen con sus obligaciones diarias, en un mundo crudo y material.

En diferentes oportunidades, Casella ha calificado a su trabajo de “antropológico”. En la disciplina clásica, la labor del antropólogo depende de la definición de un Otro social y cultural al cual se pretende escrutar. Para que los resultados del análisis sean válidos, el observador debe ser necesariamente externo al objeto estudiado con el fin de preservar la objetividad que exige la tarea científica. Sin embargo, en los años recientes, Marc Augé ha desarrollado las bases teóricas de lo que denomina una “antropología de lo cercano”. Según su visión, el mundo contemporáneo es tan complejo y heterogéneo que hoy es posible encontrar esa “otredad” en su propio seno. Los fenómenos migratorios son el mejor ejemplo de esta tesis. Las principales metrópolis del planeta poseen en su interior enclaves comunitarios con culturas y costumbres que entran en conflicto con su desenvolvimiento. En consecuencia, coexisten en ellas diferentes realidades, temporalidades, idiosincrasias, formas de pensar e interpretar la realidad.

La obra de Julián Casella se posiciona en uno de esos micromundos subalternos, en un ámbito constituido por prácticas, ideas y valores propios. Un espacio singular, pero desde el cual es posible formular un punto de vista crítico y abierto sobre la realidad y el presente, porque este espacio está habitado por un personaje que es a su vez un sujeto histórico: el obrero ferroviario. Y desde su perspectiva no sólo se vislumbra lo inmediato, sino también, algunas notas sobre la sociedad a la cual pertenece.

No obstante, aunque al artista le interesan los pormenores de esa Gran Historia, sus fotografías se focalizan en los pequeños acontecimientos laborales. Nos muestran a los trabajadores en sus actividades cotidianas, en sus haceres grupales y solitarios, en las tareas que los ocupan y al mismo tiempo los definen como sujetos sociales. Siempre aparecen rodeados de locomotoras, rieles, estaciones, señales, máquinas. Su mundo es, por derecho, el mundo del trabajo, y es desde allí desde donde nos interpelan.

En este mismo movimiento, Casella se aparta momentáneamente de ese mundo al cual pertenece y se posiciona como artista. Sus imágenes poseen una marca autoral incontestable. Le otorgan al trabajador una estatura heroica mediante procedimientos que son estrictamente fotográficos, como el congelamiento de las acciones y la aguda tridimensionalidad (potenciada por las perspectivas exacerbadas) que transforman a los modelos en estatuas, el punto de vista contrapicado que agranda sus figuras, la iluminación contrastada que les otorga carácter dramático. Cabe destacar, sin embargo, que este apartamiento autoral no implica un alejamiento espacial. Por el contrario, todas las tomas están realizadas desde las cercanías de las escenas, y esa proximidad las excluye del mero registro otorgándoles la sensibilidad de la mejor mirada documental.

Otro punto medular de las imágenes se encuentra en su temporalidad ambigua. Aunque la fotografía siempre extrae a sus referentes del devenir de la realidad y del mundo, Casella elige mostrar situaciones que, en sí mismas, parecieran existir independientemente de él. Los trabajos que retrata poseen un tinte atemporal. Son operaciones manuales, realizadas con herramientas rudimentarias, que ponen el acento sobre los operarios y evitan toda remisión a la tecnología. La opción de la fotografía en blanco y negro refuerza esa atmósfera imprecisa que arranca a las imágenes de la sucesión cronológica para ubicarlas en el presente continuo de la representación.

En este sentido, la obra de Julián Casella no apunta, tan solo, al registro de su entorno laboral inmediato, sino que se constituye en un verdadero proyecto de investigación. Hay una intencionalidad precisa en su forma de abordar el tema que lo ocupa, y una decisión estética clara que lo acompaña en la tarea. Hay una preocupación y un interés auténticos. Y hay, en el resultado, unas imágenes imborrables que se dirigen, al mismo tiempo, a los ojos y al corazón.

 

Inauguración jueves 3 de noviembre de 2016 a las 19:00 hs
Se puede visitar hasta el 2 de diciembre.