Con este título, la National Gallery de Londres exhibía en una de sus salas, una muestra del artista conceptual Michael Landy: un conjunto de esculturas cinéticas de monumental tamaño de santos medievales, hechas de materiales de diversa índole y que se accionaban con un pedal en el piso.
Lo interesante es que Landy fue invitado por la National dentro del programa de artistas Asociados que se radican por un tiempo prolongado en el denominado espacio ̈Gallery’s studio ̈ de la famosa galería. El propio artista reaccionó con escepticismo ante la invitación de la National Gallery, al punto que les dijo antes de ir “quiero asegurarme de que ustedes saben quien soy y qué hago”.
Fue así que el artista instaló su estudio. Desde el 2010 convivió con toda suerte de imágenes pero sin embargo, eligió para hacer sus dibujos y construcciones, aquellas obras que le fueron familiares porque creció en un ambiente cristiano, sin conocer bien las leyendas sobre los martirios como a la mayoría de los católicos les sucede.
Inmediatamente al ingresar a la sala, pensé en Tinguely y sus ̈máquinas escultóricas ̈, pero la diferencia, es que en las obras de Landy, yo podía reconocer fácilmente el santo de que se trataba con solo observar el atributo de su martirio. Landy transforma un cuerpo y lo vacía de su significado devocional. Hace una reelaboración que termina por darle vida propia a esas figuras, separando la religión de su propia mirada estética. Estas apropiaciones del sentido tienen en él tres vertientes, en primer lugar, las historias de los martirios y la vida de santos ascetas; los trabajos perfomáticos que venía desarrollando el artista, y también, las experiencias de las esculturas mecanizadas de Jean Tinguely, a quien ya le había dedicado una muestra homenaje y que continuó en esta exhibición, rindiéndole tributo.
Landy no escatimó esfuerzos en sus macro reproducciones de san Jerónimo, santa Apolonia, santo Tomás o san Miguel, que realiza con lo que él llama ̈fragmentos de santos ̈. A partir de reproducciones de distintas obras del museo hechas a gran escala, elige azarosamente partes y luego recorta y pega. A los fragmentos de cuadros, le adiciona basura, papel, metal, etc., y también detalles de fotografías de catálogos de Jean Tinguely. Hasta se animó al añadido de cráneos, cabezas, sombreros, búhos, de otras obras de la National. Por último, organiza todo para componer un collage del que resultarán estas figuras de 2 metros de alto. Entre ellas sobre sale una imagen, que comúnmente llamaríamos de “múltiples advocaciones ̈ rebautizada por Landy ̈Multisanto ̈, que sostiene en sus manos y pies atributos de varios santos, como la parrilla de san Lorenzo.
Cuesta creer que estos mecanismos desacralizados puedan resemantizarse en contextos actuales, pero sin embargo, cada vez son más las reinterpretaciones de íconos tradicionalmente religiosos que eran hechos por devoción o piedad. El peruano Ángel Valdez con su “Proyecto A Imagen y Semejanza” fue un pionero en tomar pinturas otrora sagradas, para descontextualizar sus mensajes y transformarlos en nuevas vías de comunicación. También el historietista inglés Simón Bisley, se animó a hacer ilustraciones de la Biblia con excelentes dibujos y con un Cristo que estremece. Entonces, la pregunta que surge, inexorablemente, es ¿falta creatividad al volver sobre un tema medieval?.

multisanto

Cuando un santo Tomás corporizado mecánicamente por Landy de más de 2 metros de alto, lo incita a meter uno mismo el dedo en la llaga de Cristo, con un simple golpe de zapato, ¿no es esto la experiencia propia de la duda? Mi planteo es, si este tipo de exhibiciones en donde los íconos religiosos son protagonistas, no son otra modalidad devocional, ya no para conmover a nadie, sino para cuestionarnos sobre la posibilidad del arte de influir en nuestro modo de obrar o pensar. ¿Al fin y al cabo, no era esto lo que buscaba la ideología Contrarreformista en el siglo XVI?
Landy afirma que su intención era sacar estas figuras santas del espacio de especialistas y reconvertir lo viejo, reciclándolo y dándole una nueva vida. Es decir, ya no es la imago sacra que tenía que conmovernos, sino que es un ícono reestructurado con pedazos y recortes del mundo, cuyo mayor mérito aparente es la posibilidad de golpear las esculturas sin que un guardia de sala nos llame la atención.
Lo más legítimo de esta exposición es que estas obras fueron pensadas no desde una mirada contemplativa propia de la pintura religiosa, sino necesariamente participativa, en donde la imagen vuelve a convertirse en protagonista, pero esta vez, al mismo nivel que el espectador, sin el cual, no se consuma la obra. O sea, Landy exploró los límites de sus esculturas por fuera del contenido moral intrínseco porque no es lo que se propuso contar. Él reacciona a la sobreabundancia de las pinturas de santos existentes en las salas de la National Gallery, componiendo estas piezas que van desde lo artesanal a lo semi industrial, en las que valoramos más la forma en que se han ensamblado objetos tan diversos.
Los dibujos previos que había hecho el artista también se exhibían y facilitaban entender la mutación de estatua inactiva a santo mecanizado y accionado por el pie, pero será esta nueva iconología la que nos conduzca a otros parámetros de análisis para este tipo de obra, entendida dentro de una función cultural actual, siendo capaz de transformar nuestra predisposición a aceptar un hecho místico, transformado en lúdico que hará que nos olvidemos del peso de la herencia religiosa, y nos sirva –las esculturas así mutadas-, para reconvenirnos sobre ciertas acciones del mundo en el que vivimos.
El ensamblaje de elementos de tan distinta procedencia, basura de la calle, pedazos de reproducciones de obras de arte, etc., es reunida de alguna manera para hacer funcionar mecánicamente a este santoral cinético, en busca de su significado, que ya no se ancla en una tradición inmanente, sino en nuestro tiempo que es el que le permite a Landy manipular y apropiarse de la vida de estos mártires sin que esto constituya una herejía.
Tanto el artista peruano Valdez, como Bisley y Michael Landy, entre muchos otros, se enfrentan al peligro de una sobre exposición de las imágenes religiosas en sus esfuerzos por readaptarlas a sus fines, cuyo sentido ulterior parecería quedar sublimado en construcciones que tienen su razón de ser, únicamente, en la imbricación de símbolos religiosos o políticos, e incluso, reivindicaciones sociales, que los artistas ubican “plásticamente” en sus nuevas producciones.
Cuando en una entrevista le preguntaron a Landy por qué había elegido a san Jerónimo, comúnmente representado en penitencia golpeándose el pecho con una piedra, respondió, un poco en serio y un poco en broma, que le gustaba la idea de una escultura que se golpea a sí misma porque los “artistas se golpean constantemente a sí mismos”. Extraña forma que le dio el artista a su propio martirio.

03

Leontina Echelecu. Dra. en Historia con orientación en Arte (USAL), directora de Leku, fotografía argentina contemporánea.


herejes_tar
flichman

Texto curatorial de la muestra inaugural de Leku.


Hereje: Persona que niega algunos de los dogmas establecidos por la religión. / Persona que disiente o se aparta de la línea oficial de opinión seguida por una institución, una organización, una academia, etc. Fuente: Real Academia Española.

Herejes busca conectar las miradas de los artistas –manifiestas en las obras- con una lectura que se evidencia en un segundo plano, a pesar de su propia intencionalidad. Una mirada que se vincula con las imágenes que se imponen, con lo impensado que emerge desde las sombras operando desde los bordes del abismo y manteniéndose oculto hasta el momento indicado; sin embargo, una vez puesto en evidencia, ya no puede dejar de verse.

El hereje es aquel que desafía, con actitud irreverente, el paradigma de lo que debe ser. Y no necesariamente lo hace desde la falta de respeto sino que sus actos rompen con la sacralidad, con lo solemne, con lo incuestionable. Para los herejes –en la vida en general y en el arte en particular- no hay intocables. Todo es plausible de ser cuestionado y abordado desde una perspectiva distinta; por eso son peligrosos: porque invitan a pensar, y pensar nunca fue un buen negocio para los amantes de los dogmas.

La muestra reúne diez obras de diez artistas con estéticas tan distintas como personales y definidas; distintos colores de voz pero con un discurso sólido que sabe lo que quiere decir y lo dice. Artistas cuyos trabajos son tan heterogéneos que difícilmente podrían convivir si no fuera porque todos comparten –al menos en este caso- obras cuya carga simbólica es tan intensa que los hace tomar partido y dejar constancia de una forma de mirar el universo que los rodea. En cada una de las obras hay una aproximación inicial a un acontecimiento, a prima facie, inconexo entre ellas. Pero mirando de cerca, encontramos que se esconde en cada una, un relato que descansaba latente en la oscuridad y se les impone con absoluta irreverencia y desfachatez ante la mirada de asombro del propio artista. Aun cuando no hubo una búsqueda premeditada del gesto que violenta y apunta al choque, el recorte que hace la cámara transforma el punto de atención en un punto de tensión ante la aparición de lo inesperado. Una suerte de doble herejía: el artista que se manifiesta heréticamente al no ver en estos trabajos la presencia de lo sagrado y la imaginería que se le impone e invierte los roles. Espacios sagrados que operan por la negativa: la acción de no registrarlos –que no es lo mismo que negarlos o faltarles el respeto, sino que es no dar cuenta de ellos- es la encargada de destacarlos en las obras. Lo sagrado aparece en el ámbito de lo profano, filtrándose por las hendijas que el artista deja abiertas. Entonces aquello que en principio era una arquitectura abandonada, un monumento, un desnudo, un memento mori, un retrato, una cárcel, un interior, un museo, una pileta o un paisaje, termina invirtiendo valores y la imagen se hace soporte de una imaginería revelada –nunca mejor dicho- que merece, cuanto menos, repensar la lectura sobre la obra.

Cuestionar, poner en jaque, fomentar el pensamiento crítico, despertar la sensibilidad, generar cierto grado de incomodidad, todos conceptos que el arte lleva –o debería llevar, pienso yo- como bandera. Y todos ellos cuadran en una actitud, por lo menos, contestataria ante la lectura oficial o políticamente correcta. El arte es portador de un poder herético que lo hace libre y no se manifiesta necesariamente. Sin embargo, cuando el arte transita territorios herejes, marca la diferencia, se transforma en los pies sucios de las obras de Caravaggio: es el gesto que incómoda y esa es la cualidad que justifica, a mi criterio, toda su razón de ser.